—Claro, solo déje recordar por dónde íbamos —toqué mi corazón—. Y lo que sentía. En la tercera y última parte de la cita, cuando fuimos a su casa —sonreí—. Y nos unimos más.
Capítulo 16: Mi día favorito VI
La casa de Nolan quedaba a cuatro calles de la biblioteca.
Caminamos sin decir nada, con las manos entrelazadas y la maceta de flores bajo su brazo. El silencio entre nosotros no era incómodo; solo era la típica transición emocional entre una pareja emocionada.
Pero dentro de mí no había silencio, solo los agudos gritos de la más sincera emoción.
Dentro de mí había dos años de espera moviéndose todos al mismo tiempo, como cuando abres una presa y el agua no sabe por dónde salir.
Es difícil de admitir, pero en ese instante no podía controlar ni mi respiración, y esa irregularidad hacía aún más feliz. No sé por qué, pero lo hizo.
Con solo estar a su lado, experintaba lo que es estar viva. Por eso no lo puedo soltar; porque sin él, yo no soy.
Él tomó el picaporte, abriéndola con ese clásico chirrido de las puertas viejas. —Tiempo que no te traía a mi casa —notó, entrando—. Solo los domingos de películas con nachos y gaseosa.
—Y muchos caralos —contesté, siguiéndolo con la cabeza abajo.
Cuando entramos, él cerró la puerta casi sin hacer ruido. El clinc hizo temblar mis hombros, mientras él se acercaba paso por paso.
—¿Estás bien? — preguntó, viéndo a los ojos, mientras yo perdía en su mirada de esralda—. No quiero presionarte en nada.
Yo volteé a ver la casa, buscando un ancla a la realidad. Un sillón frente a la televisión, donde pasamos noches acurrucados viendo tonterías hasta quedar dormidos. Vi sus escaleras, las cuales nunca había subido, ya que él siempre estaba abajo para mí.
Pero lo que más demostró que esto era real era su reloj de búho, uno que la prira vez dio miedo, con su HuhoHuho que hace cada hora.
En sus patitas marcaba la hora: 12:37.
Regresé la vista a Nolan, que esperaba mi respuesta. Yo sonreí, colocando una mano en su pecho. —S-s-sí, estoy segura.
Él correspondió, dando un paso al frente, hasta que su aroma era imposible de ignorar. Sus manos, grandes y fuertes, sostuvieron las mías por un breve monto, antes de soltar y guiarlas a mi suéter.
Mi cuerpo tembló; un efecto normal, pero que llamó su atención. —¿Estás segura? Podemos parar cuando quieras.
—Co-continúa —dije, viendo sus ojos, los que aún insistían por más.
Sus manos encontraron mi espalda; el frío de su tacto activó algo dentro de mí, algo que estuve conteniendo bajo capas de blanco.
Llevaba tres años desde que lo conocí, negándo a sentir esto. Dos años siendo exactante lo que necesitaba ser, controlando cada reacción, cada temperatura, cada distancia. Dos años siendo la figura de vitrina.
Y ahora quería que mi dueño jugara conmigo.
Él estaba tocando; mi cuerpo no sabía cómo responder con la misma elegancia con la que respondía a todo lo demás.
Su mano en mi espalda era controlable. Pero la que se deslizaba por mi cintura hasta mi estómago, no del todo.
Él se acercó a mi rostro, dándo un beso que sacó un gemido de mi nariz, retirando al mismo tiempo la mano de mi suéter.
—Lo esperabas, ¿no es así? — preguntó, colocando su mano en mi nuca—. No llevas ni tu corpiño; eso no es casualidad —con su mano acercó a él y empezó por mi cuello, con los mismos labios que apenas habían reclamado—. No sabes cuánto lo había deseado —declaró—. Desde el prir día que te vi, tu suéter siempre llamó; siempre insistía hacia esto.
—N-N-Nolan —logré decir—. ¿A-a qué te refieres?
—Siempre se caía en los montos nos oportunos. Intenté ser fuerte y resistir, porque te amo y respeto —fue bajando poco a poco—. Gracias; contigo desquitaré todas mis necesidades.
Una gota de sudor resbalaba por mi sien hasta llegar a mi barbilla y caer como una esfera, aterrizando en su jilla. En ese monto se detuvo, escuchando mi respiración, mis gemidos entrecortados, mis ojos titubeantes.
—Lo siento —dijo, bajando la cabeza—. Lo siento, Ryne. No quería lastimarte de esta forma —repitió, dando un paso para atrás mientras despegaba sus manos de mi cuerpo—. Por eso te había pedido que usaras camisa. Para controlar —chilló—. Sé que soy débil y por eso intenté protegerte de mí.
Yo lo vi: cómo dudaba, cómo se alejaba, cómo dejaba. —Nolan —dije, agarrando su mano, colocándola alrededor de mi cuello—. No tengas miedo; no soy una niña, puedes hacer lo que quieras, incluso romper a tu gusto —apreté sus dedos contra mi delgado cuello—. Juega conmigo; yo también quiero un trato duro.
Él se quedó viendo mientras yo acercaba a besarlo. Sonrió, conzando a apretar mi cuello, mientras su mano conzaba a bajar por mi vientre hasta mi falda.
Llegó, tocando con cuidado al inicio, increntando el hormigueo gradualnte. Y al igual que una presa bajo presión, la más mínima fisura hace que se rompa.
No sé exactante en qué monto mis rodillas decidieron que el suelo era jor opción que seguir de pie. Solo supe que estaba ahí, con la espalda contra la pared y la respiración completante fuera de control, agotada de una forma que no tenía ningún sentido lógico.
Toqué mi falda y el piso; estaba completante empapada, pero no podía encontrar ni un fragnto, ni un solo cristal del monto.
—Qué pasó —dije, intentando levantar, pero el hormigueo entre mis piernas lo impedía con una fuerza rencorosa—. No puedo —musité, sintiendo las lágrimas en mis párpados.
Levanté la mirada. Nolan estaba de pie, viéndo desde arriba, con unos ojos tan sombríos que no conocía. Empleada, amiga, novia; y ningún antecedente de esos ojos.
De su decepción.
Miré el reloj de búho otra vez; marcaba las 12:39. —Dos minutos... —musité, sintiendo cómo mi garganta se rompía en cada sílaba.
Diecinueve años. Tres de espera. Y dos minutos fue todo lo que mi cuerpo aguantó antes de rendirse.
—Ryne —dijo, cambiando su mirada a una de preocupación—. ¿Estás bien?
No respondí de indiato. Estaba viendo mis manos, mi cuerpo, el piso mojado. Para él soy una decepción como la mujer de veintidós años que finjo ser.
Diecinueve años de edad, treinta de ntalidad y dieciséis de cuerpo.
Había fracasado como mujer, pero no lo quería aceptar.
NO SOY UNA NIÑA...
—Pero era protegida como una... —susurré, sintiendo cómo mi estómago dolía; la sensación que aparece cuando soy una inútil.
No de la forma en que siento cuando rompo una taza o cuando calculo mal una proporción. Sino de una forma más profunda, más humillante, como ser un plumón sin tinta.
—Soy ridícula —susurré, más para mí que para él, recordando las dos horas que él disfrutó con Dilein el día anterior. Pensando en lo competente y completa que era ella—. Soy ridícula, soy ridícula.
Repetía, pensando en lo increíble de su cuerpo, entrenado y completo. Comparándolo con el mío, delgado e inútil, incapaz de complacer al hombre que amo.
—No lo eres —dijo Nolan, sentándose a mi lado contra la misma pared.
—Sí lo soy —insistí, cubriéndo la cara con las rodillas—. Ni siquiera te quitaste los pantalones. No fui capaz de darte placer; soy patética como mujer.
—No digas eso, Ryne —colocó su mano en mi brazo; yo aparté por reflejo.
—¡No toques! —grité—. Vete... no quiero que veas así; no rezco estar un segundo más a tu lado.
Él no respondió. Solo se quedó sentado a mi lado, sin moverse ni hablar.
—Eres imposible —continué, agradeciendo lo terco que puede llegar a ser—. Nolan. No soy alguien a quien le importe el placer. Nunca lo he buscado, pero ahorita siento como un plumón seco.
—Ryne...
—No digas que está bien —lo interrumpí—. Porque no está bien. Quería ser otra persona esta noche. Quería dejar de ser una niña a tus ojos, ser más morada —miré mi mano, pequeña, delgada, delicada—. Pero ni mi cuerpo apoya esa idea.
—Eso no es culpa tuya —dijo él finalnte.
No respondí; solo permanecí con la cabeza abajo.
Nolan tomó mi mano.
La sostuvo con cuidado, con las manos calientes, sin decir nada, dejando que el silencio hiciera lo que las palabras no podían.
Y yo quedé recordando esa planta pequeña, comparando su situación con la mía. Con la diferencia de que nadie iba a venir a regar.
—Fue un lindo aniversario —dijo Nolan, apoyando su cabeza contra la mía—. Aún somos jóvenes y tenemos una vida por delante —sonrió—. No tenemos que adelantar las cosas; podemos hacerlo poco a poco, o esperar al matrimonio, como teníamos planeado.
Volteé a verlo, con sus ojos brillando con la única luz que se filtraba de una ventana. —¿Hablas en serio? ¿No odias?
—Sería incapaz de odiarte —respondió, irradiándo con esos mismos ojos que provocaron esto—. Los tuyos siempre son muy sinceros. Ahorita veo lo emocionada que estás.
Sonreí, viendo su precioso perfil. —¿Puedo volverte a besar?
—No lo tienes que pedir —contestó—. Ahora los puedes tener cuando quieras.
dio el último beso del día antes de levantarse. —Puedes dejar la ropa en la lavadora y bañarte — había dicho, tomando su chaqueta—. Yo voy por algo de cor; aún podemos ver una película, además, muero de hambre.
—Está bien, Nolan —contesté, viéndolo salir—. ¡ compras una ensalada de pepino, sin pollo!
En ese monto quedé sola, solo con el tic tac del reloj. HuhoHuho escuché, antes de levantar.
—Sentirse inútil en el monto en que más quieres ser capaz —le dije a la doctora Roy, con los ojos en el techo del consultorio—. Es un dolor muy específico —suspiré—. No sé si usted también lo ha sentido, pero se siente peor que un balde de agua fría.
Ella asintió ante mis palabras. —Ryne...
Toc toc toc.
La puerta la interrumpió. —Pasa —dijo la doctora.
Era Elena, la cual al ver se sonrojó de nuevo. —Oh, R-Ryne, sigues aquí.
—¿Qué pasa, hija? ¿Necesitas algo?
—Q-quería pedirte permiso de ir con mi novio al parque —logró decir—. Es que ya faltan diez minutos y no sabía si estabas ocupada para llevar.
—Perdón, hija, ahorita estoy ocupada con la señorita Moore; no sé si puedas ir sola.
Sonreí. —No se preocupe, Hirise — levanté—. Podemos continuar mañana; al cabo quiero disfrutar de mi aniversario —pasé al lado de Elena, la cual se agitó un poco, pero eso no impidió que la envolviera con mis brazos—. Disfruta mucho tu cita, linda; recuerda lo que platicamos.
Y con esas palabras salí del consultorio, sintiendo dos corazones latiendo en mi dirección.
User Comments
0 comments from readers