—Te lo dije, Mayo —sonreí, tomando una de sus latas y abriéndola al escuchar el clic—. El segundo tiempo siempre es más interesante.
Ella sonrió, quitándo la lata de la mano. —¿Y tú desde cuándo eres una apasionada de los deportes? —preguntó ella, tomando de mi lata—. Ni dia lata eres capaz de tomar.
Sonreí, tomando mi jugo. —Es obvio que no voy a tener tu resistencia, yo apenas hace un año que puedo tomar.
—¿Hace un año? —cuestionó—. Ni que fueras egipcia para conzar a los veintiuno —sonrió, pasándo una lata—. En casi todo el mundo es legal a los dieciocho. Y si eres yo, a los catorce.
—Catorce es una edad ilegal —contesté.
Ella le dio另 un sorbo, exhalando con satisfacción. —Las leyes se hicieron para romperse, zorrita. Desapriétate un poco, conozco a un mas...
—No iré a tu masajista sexual —interrumpí, abriendo la lata—. Pero soy más fuerte de lo que parezco. —Le di un prir sorbo, escupiéndola como reacción—. Sabe a orina —contesté, viendo cómo Mayo se reía desde el estómago.
—Estas son 22% alcohol, tontita —contestó—. Las del bar eran muy aburridas, por eso compré las más cargadas —decía mientras se reía.
El silbato del segundo tiempo sonó, anunciando el comienzo del partido.
Capítulo 34: Partido de Defensa V
Nolan, el que había salido a comprar más cosas para el segundo tiempo, regresó, acompañándonos. —¿De qué tanto se ríen? —preguntó, dejando una bandeja de papitas con una mitad de salsa y la otra de limón.
—El partido está más interesante de lo que pensé —respondí, tomando una papita con limón.
—¿Crees que vayan a soportar? —preguntó Mayo, tomando tres de salsa—. Ya sabes, les tieron dos en nos de dia hora.
—No creo que soporten —respondí, viendo cómo Nolan miraba sorprendido.
—¿Qué no confiabas en ellos? —cuestionó Mayo, torciendo la mueca—. ¿Qué pasó con tu discursito de la confianza?
—Dije que no creo que soporten —corregí—. Porque ellos ganarán.
—¿Y cómo estás tan segura de eso? ¿Ya has visto partidos suyos donde el resultado concuerde con lo que dices?
—Confío —dijo Nolan, abrazándo más fuerte—. No tengo pruebas, pero tampoco dudas de eso.
Ella sonrió, dándole un sorbo a su lata. — gusta cómo suena —contestó, soltando una pequeña risa—. El amor como confianza, algo difícil pero no imposible de entender.
Yo sonreí, volteando a ver el partido con la confianza de su victoria.
—Gol —susurró Nolan, suspirando mientras se tapaba la cara.
El tercer gol fue inesperado, marcado al minuto cincuenta y dos por una mala centrada de un defensa, que le regaló el gol a su delantero barbudo.
dio estadio festejaba el gol enemigo. Pero la otra mitad, junto a nosotros, no sabía qué decir ante la cachetada que el mundo nos daba.
Tres a dos.
Mayo fue la prira en perder la fuerza de sus hombros, totalnte entendible. Cuando el mundo te grita que estás equivocada, no te queda más que creerles y cambiar para ser de su agrado. Solo levantaba los brazos para tomar de su lata.
El equipo estaba desanimado; el público acompañaba el sentimiento. Solo el señor Arrit mantenía la mirada alta. Él confiaba.
—Y si él lo hacía... —susurré, dejando mi bebida a un lado—. Yo también puedo.
De un salto puse frente a las gradas, viendo cómo el equipo tenía los hombros caídos y la mirada perdida en el marcador. Puse las manos en mi pecho, sintiendo la zclilla de la chaqueta de Nolan, inhalando.
—¡Vamos, Alces de Vancouver! —grité con todas mis fuerzas—. ¡Ustedes pueden!
Ellos voltearon a ver sin decir palabra, como si fuera una sombra en la oscuridad.
—¡Yo creo en ustedes, alcitos! — acompañó Mayo, gritando con la misma o mayor fuerza—. ¡Muevan el culo, cabrones!
A mi espalda, él se movió; mi mago acompañó. —¡Sí, ustedes pueden! ¡Alces!
Ellos apenas alzaron la vista, como si nuestras palabras apenas existieran, pero eso era suficiente.
—¡Yo también confío! —gritó un señor sentado al lado de su esposa—. ¡Esos son mis Alces!
—¡Y yo! —gritó otro desde la otra esquina.
—¡Yo también, mis castores!
Las banderas conzaron a alzarse.
—¡Nosotras también confiamos! —gritaba un grupo de chicas al mismo tiempo.
—¡Si esas guapas apoyan, yo también! —gritó uno con la camisa de los castores—. ¡Qué hermosa estás, albina!
Yo lo vi, retrocediendo un paso, pero Nolan y Mayo ofrecieron su mano, lo que hizo sonreír. —¡Ustedes pueden, Alces!
Las trompetas empezaban a escucharse, matracas moviéndose como locas, gritos alintando a los que estaban abajo. Sus ojos brillaban, sus cuerpos temblaban y, como un símbolo de voluntad, Tomás levantó el puño. Alzándolo con fuerza.
—Tomás —susurré, viendo el efecto en cadena que provocó en el equipo, el cual se esparció por todas las gradas entre mujeres y hombres, niños y niñas. Levantaban el puño con convicción. Miré al señor Arrit, miré a Nolan, miré a Mayo—. Alces —susurré, levantándolo como ellos—. ¡Van a ganar!
El puño de Tomás seguía en el aire, su mirada en el piso, levantándose poco a poco, viendo la luz amarilla del sol. Todo el mundo lo rodeaba en ese monto. Todos le ponían su confianza, todos por amor. Dándole un golpe a sus guantes, con una sonrisa dibujada con fuerza, el guardián había tomado su lugar y sus ojos solo decían una cosa: No estoy solo.
El árbitro pitó la reanudación. Y los Alces de Vancouver salieron disparados.
No sé cómo describirlo exactante. No corrían más rápido ni pegaban más fuerte. Era algo más difícil de dir.
—Es convicción —esa convicción específica que tienen los equipos cuando dejan de jugar para no perder y empiezan a jugar para ganar.
Mayo seguía de pie a mi lado; sus latas la esperaban en las gradas, pero nadie estaba cerca de hacerles caso.
—Esto es emocionante, Ryne —sonrió—. Estos cabrones pueden ganar. Qué digo, ¡van a ganar!
—Sí —confirmé, tomando su mano y alzándola a mi máxima altura—. ¡Van a ganar!
Mayo se rio, alzándo un poquito más. —¿Tú crees que fue por nosotros? —preguntó.
—No —contesté, viendo cómo su cabeza se ladeaba—. No fue solo por nosotros; fue por todos nosotros.
—Fue la confianza que tuviste en ellos, Ryne —dijo el señor Arrit, acomodándose a nuestro lado—. Tu corazón está lleno de amor, hija.
—No mienta, señor Arrit —le contesté—. Usted es la persona que más lo quiere, yo solo se lo demostré sin su permiso.
Él agachó la cabeza en una señal de aprobación. —Ellos tenían la fuerza dentro —dijo, volviendo a su asiento—. Nosotros solo se la recordamos.
—Ryne —llamó Mayo con una sonrisa en los ojos—. Estás siendo una niña muy feliz —su sonrisa se agrandó mientras cerraba los ojos—. Eso alegra, aunque aprieten los zapatos después.
El empate llegó al minuto sesenta y siete.
Una jugada construida desde atrás, con paciencia, pasando el balón de un lado al otro hasta encontrar el espacio que el equipo contrario dejó al atacar demasiado. El nueve de los Alces recibió el balón de espaldas al arco, giró en un solo movimiento y remató antes de que el defensa pudiera posicionarse con su tiro directo.
Tres a tres.
Las gradas del lado nuestro explotaron; las del suyo también. Mayo seguía con la mano en el aire, no se atrevía a bajarla desde hace diez minutos.
—¡LO SABÍA! —gritó, aunque hace quince minutos sus hombros habían dicho exactante lo contrario.
Nolan levantó del suelo con las manos en mi cintura, dándo la vuelta en su eje, como si fuera una princesa en un vals real antes de devolver al concreto, con esa espontaneidad suya que solo aparecía cuando algo lo sorprendía de verdad.
Tomás, desde el arco, señaló a su compañero con el dedo índice. Solo eso. Sin correr, sin gritar. Solo señalar, como diciéndole: sabía que podías.
El minuto setenta y ocho fue el más largo del partido.
El equipo contrario reaccionó con una urgencia que reorganizó el campo completo, atacando con todos los que tenían disponibles, dejando la defensa expuesta en ese riesgo calculado de quien necesita marcar antes de que el tiempo se acabe. Un contragolpe cruzó la cancha en cuatro pases.
Tomás quedó solo frente a dos atacantes que habían arrastrado a los defensas hasta dejarlos en el piso. Era su revelación de poder, de dominancia.
—Imposible —musitó Mayo—. ¡Eso es falta, árbitro!
Pero sus palabras no eliminaban la aterradora escena. El nueve parecía que iba a disparar; Tomás apretaba los ojos en su dirección, calculando en segundos su disparo.
¡Pamm!
Disparó, pero Tomás no se movió. Las gradas se detuvieron. Mayo no respiraba.
Aunque lo pareciera, no fue un error. Su disparo no era uno que reclamaba la victoria; fue un pase a su compañero, al goleador del equipo. Ni su barba cubría su arrogante sonrisa, viendo a Tomás como un ratón que recía ser aplastado. Tensando toda su pierna en un movimiento cuidado al milítro.
¡PAAAMM!, un golpe que se escuchó como un disparo.
Las imágenes parecían congelarse ante mis ojos, dividiéndose cuadro por cuadro. Veía cómo Tomás exhaló una última vez antes de lanzarse. Todo su cuerpo se estiró hacia la esquina, algo imposible. Sus dedos enguantados buscando el balón en el último centítro disponible, con esa determinación de quien ya decidió que lo daría todo, incluso su propia dignidad como humano en ese monto.
Sus pies se arrastraban, su cuerpo se estiraba peligrosante, sus ojos aguantaban los cortes del aire sin cerrarse, hasta que sus manos lo alcanzaron.
¡Bumm!
Sus manos se volvieron un muro inamovible. Tomando el balón con las dos manos, cubriéndolo como si esa esfera fuera lo más valioso en ese monto. Alzó el puño y luego explotó.
—¡Vamoooooooooos! —gritó, lanzando el balón hasta dia cancha, y con toda la emoción dilatando sus venas, salió de la portería corriendo al lado de sus defensas, conzando el contraataque definitivo.
Mayo se tapó la cara con ambas manos, con los hombros temblando de una forma que en cualquier otro monto hubiera confundido con llanto. Pero cuando las bajó, estaba riéndose. De esa risa suya genuina, la pequeña, la que no llenaba el local ni pedía atención.
—¡Imposible! —gritó saltando—. ¡Es un niño de doce años!
—Sí —dije—. Y confío en él.
Ella miró. No respondió. Pero algo en sus ojos negros hizo lo que sus palabras no: anunciar el gol definitivo, anotado en el último segundo, justo antes del pitido final. Una jugada construida con toda la fuerza de once jugadores dispuestos a ser los campeones. Tal vez el fútbol se juega de once, pero en ese monto, todos querían su gol, todos querían ganar.
—Tomás nunca nos lo dijo —susurré, viendo el marcador 3 a 4—. Que él, antes de ser portero, fue delantero.
Alces ganan.
—¡GOOOOOOL! —gritó Nolan desde mi izquierda, de pie, con los brazos en el aire.
Mayo saltó. —¡GOOOOOOOOOL!
Yo los acompañé. —¡GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOL!
El señor Arrit nos veía como a niños compitiendo por quién grita más fuerte, aplaudiendo mientras se reía, moviendo su cabeza arriba y abajo.
—¡GANARON! ¡GANARON! ¡GANARON! —gritaba, aunque hace cuarenta minutos había dicho que iban a perder, aunque sus puños sobre las rodillas habían dicho otra cosa, aunque le había pedido a la confianza que se demostrara antes de creerle. Ahora lo sabía. Y lo gritaba.
Yo la abracé, feliz por el monto. No lo decidí; mi cuerpo lo hizo antes que mi cabeza. Mayo lo devolvió, y cuando la solté, salió disparada al campo corriendo hacia el portero mientras gritaba su nombre.
—¡Hey, yo fui su niñera, estoy autorizada para cuidarlo! ¡Así que si quieren una foto con el pequeño Tomy, hagan una fila donde yo soy la prira!
Nolan la vio tomarse fotos con cada una de las familias que querían un recuerdo con Tomás.
—Es imposible —dijo, apuntándola con una carcajada.
—Siempre lo ha sido —respondí—. Este partido es la muestra de que lo imposible es posible.
Nolan tomó del brazo, señalando hacia el campo con una sonrisa. —¿Vamos?
Asentí.
Mayo ya estaba abajo, tomándose fotos con dio equipo. El teléfono cambiaba de mano en mano y ella posaba en cada foto como si hubieran venido a verla a ella. Llegamos justo cuando Mayo localizó a Tomás entre sus compañeros, acercándose con esa energía renovada que ella reservaba para los montos que le importaban de verdad.
—¡Oigan! —gritó, reuniendo al equipo con un movimiento de brazos que nadie cuestionó—. ¿¡Quién fue el portero que salvó el partido!? —gritó, tirando a Tomás de un movimiento—. ¡Vamos! ¡Todos juntos!
Tomás pareció no entender qué pasaría, hasta que su equipo lo tomó de las piernas. —¡Tomy! —gritaron al mismo tiempo, lanzándolo.
Tomás gritaba que lo bajaran. Nadie lo bajó. Yo aplaudí desde donde estaba, riendo con una sonrisa. Entonces sentí las manos de Nolan en mi cintura. levantó en un movimiento limpio, subiéndo a su hombro con esa fuerza suya que siempre olvidaba que tenía, y desde ahí, desde arriba, pude ver todo al mismo tiempo.
El señor Arrit aplaudiendo despacio junto a la reja. El equipo lanzando a Tomás al aire por cuarta vez. Todas las gradas aplaudiendo y gritando el monto. Todos sonriendo por un partido perfecto, en un domingo perfecto de mi mundo perfecto.
En el auto, de regreso, el silencio era del tipo cómodo. Mayo iba en el asiento de atrás, con la cabeza recostada en la ventana y los ojos entrecerrados, agotada de una forma casi tierna.
—Oye, Ryne —dijo sin moverse—. ¿Te gustó el partido?
La miré por el retrovisor, asintiendo con una sonrisa. —Sí —dije—. Fue muy divertido, espero aún tener voz para mañana.
Ella sonrió, cerrando los ojos. —Digo lo mismo —murmuró—. Fue genial.
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