—De regreso a su palacio de papel, una idea rondaba en mi nte. Su sinceridad, ese descubrimiento único que solo yo sabía, hizo sentir especial.
En un movimiento fluido, tomé el asiento a su lado, acostándo en su hombro. —No eres el único que esconde su pasado con odio —concordé, sintiendo un breve movimiento antes de verlo a sus hermosas esraldas grisáceas—. Yo tampoco te he ntido sobre mí.
Él abrazó, rodeando mi cintura con su gran brazo. —Te escucho.
—Aunque lo cuide mucho y corte casi todas las semanas —concé, tocando mi cabello—, de niña también sufría acoso por mi cabello —miré el suelo, sintiendo cómo sus pies se movían—. No puedo echarle toda la culpa a un color; gran parte era por mi forma de ser. Una niña que mataba y comía hormigas es una gran diana de burlas.
Extendí la mano, siendo yo quien ahora lo llamaba, aceptando mi invitación.
—¿Cómo te decían?
Ahora era yo quien acariciaba su palma, pidiendo fuerzas para continuar. —Bruja blanca, pelo de alambre, co hormigas. No puedo decir que eran tan crueles como los tuyos; los niños ricos no son tan buenos inventando apodos —intenté reír, mientras apretaba su mano—. Pero igual, su rechazo dolía. Hubo días en que llegaba con peluca a la escuela porque cortaba el pelo con tijeras —paré un monto—. Tal vez por su culpa escucho risas cuando veo el blanco...
Él apretó su abrazo, acercándo más a él. —¿Y no hubo nadie que te apoyara?
—Mis padres estaban muy ocupados; los veía una o dos veces a la semana. Y siempre lo usaban para enseñar algo que no quería.
—¿Cómo qué?
—Tiro con arco y rifle, artes marciales, esgrima —esculpí—. Cosas que odiaba. Fue mi abuela la que más creo que ayudó; no solo peinaba y enseñó a cuidar mi pelo, también contaba cuentos, enseñaba a tejer, a hacer manualidades. Incluso dio este suéter —sostuve la parte del cuello, jalando un poco de él—. lo regaló cuando tenía tres años; fue la prira vez que amé algo, aunque fuera un objeto.
—Creo que los dos hemos pasado por mucho, Ryne — interrumpió—. Pero alegra que ambos tuviéramos algo que amar. Yo, este polvoriento lugar.
—Y yo mi suéter —sonreí—. alegra que lo pienses de esa forma.
Nos quedamos en silencio un monto, con las manos entrelazadas sobre la sa y la maceta de flores frente a nosotros, con lengua de dragón asomando por un lado y calabaza de invierno por el otro.
—¿Sabes qué fue lo priro que pensé cuando te vi entrar por prira vez? —dijo Nolan de pronto, sin soltar mis manos.
—¿Qué?
—Que eras la persona más seria que había entrado por esa puerta en toda la historia de la cafetería —respondió, con esa dia sonrisa—. Entraste un jueves por la tarde, te sentaste en la barra, pediste un café con hielo que no terminaste y te quedaste dos horas mirando la campanilla de la puerta.
—Para mí esa campana era mágica —repliqué—. Imagina ver un duende contando las monedas de su hoya. Así sentí.
—Lo sé —respondió—. Lo noté después. Pero ese día solo pensé que eras la persona más solitaria del mundo —dijo, viendo hacia la ventana—. Jugabas con tus dedos, volteabas en cada monto a la ventana, mirabas a todos los que entraban con miedo.
—Y aun así contrataste —le respondí, apretando su mano—. Llegaste de la nada con una jarra vacía y dijiste: "Jovencita, ya vamos a cerrar, ¿necesita algo más?"
—No recuerdo cómo una cosa llegó a la otra. Pero senté a tu lado y empezamos a hablar de cosas triviales —sonrió—. Nunca esperé tu pregunta: "¿Te gustan las lefse?" —soltó una risa—. Fue la prira vez que escuché el nombre de ese pan.
—Es un pan muy común en Noruega —repliqué—. Yo nunca olvidaré tu cara cuando viste el reloj y dijiste "¿cómo que es tan tarde?". Fue tan divertida que amaría volver a verla.
Ambos reímos, terminando con un abrazo. —Solo recuerdo que te apuraste a limpiar la cocina y yo te ayudé con las sillas. Y al día siguiente volví; quedé esperando hasta las tres para pedirte trabajo, y contrataste —le soplé a un chón—. Aún no sé por qué lo diste.
—Porque las personas solitarias cuidan las cosas —aclaró—. Las personas que no necesitan a nadie para estar bien son las que jor tratan lo que eligen quedarse. Y por ese cuidado tan atento, como colocar las sillas en las marcas del piso, hicieron dar cuenta de lo mucho que te amo.
Lo miré un segundo. —Tuve ese cuidado por lo que dijiste cuando te pregunté por qué limpiabas por tercera vez esa jarra —dije.
—Las cosas que importan recen ese cuidado —sonrió.
—Eso es muy profundo para ser la única razón —respondí—. ¿No estás ocultando algo más?
—La verdad también pensé que sería increíble tener a otra hermosa camarera todo el día a mi lado —contestó—. Desde entonces tenemos un cuatrocientos por ciento más de clientes masculinos.
—Y una reducción del veinticinco por ciento de clientes feninas —sonreí, viéndolo a los ojos—. Pero eso es más honesto.
—Las dos cosas son verdad —encogió los hombros—. Se complentan, no se contradicen.
—A este monto le falta algo —dije, levantándo de la silla despacio, caminando hacia el alféizar. Tomé la planta pequeña entre las manos, revisando la tierra con un dedo—. ¿Tienes agua? —le pregunté al señor de la entrada, que pasaba por el pasillo en ese monto.
trajo una regadera pequeña sin preguntar nada.
Regué la planta con esa misma todología de siempre: despacio, dejando que el agua llegara a las raíces sin ahogarlas. Cuando terminé la devolví, acomodándola hacia la ventana.
—Las cosas que importan recen ese cuidado —dije, casi para mí misma—. Como tú dijiste ese prir día.
Sentí a Nolan detrás de mí antes de escucharlo.
—Sí que te gustó esa frase —murmuró.
—La aprendí de alguien —respondí sin voltear—. De alguien muy especial que rece ese cuidado.
Sus brazos abrazaron por la cintura. Y el suéter, como siempre, eligió ese monto para caerse del hombro izquierdo, dejando expuesta mi clavícula con esa puntualidad que ya no era casualidad.
Nolan lo subió. Su mano se quedó ahí un segundo de más, como una muestra de su necesidad. volteé despacio; estábamos demasiado cerca, uno frente al otro. Sus manos conzaron a deslizarse por mi suéter, tan suaves que no lo movían.
— encanta cuando haces cosas así —dijo, con los dedos en mi espalda.
Nos vimos directante a los ojos: yo viendo sus pupilas verdes grisáceas y él las mías, de un amarillo como la manzanilla. Las paredes del mismo color acompañaron el monto, volviéndolo casi onírico.
—Nolan, ¿te puedo pedir algo? —dije, con el rostro un poco sonrojado.
Él volvió a sonreír, tocando mi jilla. —Diga usted; os doy toda mi atención.
Reí un poco, siguiéndole el juego. —Llevamos ya varias lunas siendo almas gelas —improvisé, sintiendo lo dulce y vergonzoso de mis palabras—. jor dicho, hoy celebramos el día que nos conocimos —continué, sosteniendo su mano contra mi jilla—. No el día que nos volvimos pareja, pero eso no le quita su importancia.
Él frunció el ceño levente, con esa expresión suya de cuando procesa algo antes de responder.
—¿Qué quieres decir?
—Que no soy una niña —dije—. Ya tengo veintidós años, Nolan. Y a veces siento que tratas como si fuera a romperse si te acercas demasiado.
Él se quedó callado un rato antes de decir. —No es eso.
—¿Entonces qué es?
No respondió de indiato.
—Es que contigo quiero hacer las cosas bien — confesó al fin—. Y hacer las cosas bien toma tiempo y espacio, algo que quiero respetar.
—Ya tomó tiempo —respondí—. Y creo que es suficiente.
lancé a sus brazos, acurrucándo en su pecho. Sintiendo cómo su corazón se aceleraba junto al mío. Alcé la cabeza, viéndolo a los ojos, acercándo a sus labios al ritmo de nuestros latidos.
TunTun TunTun TunTun.
Estaba tan cerca de su boca, queriendo inmortalizar ese mágico monto, levantándo de puntitas mientras él bajaba el cuello.
TunTun TunTun TunTun.
TunTun TunTun TunTun.
Y él, por reflejo, por ese instinto suyo de siempre proteger, giró levente la cabeza, dándo su jilla.
TunTun TunTun Tun.
TunTun Tun Tun.
quedé quieta un segundo con los labios contra su piel.
sentí pequeña. No de estatura. De otra forma que solo Ryne había experintado. Como una figura de vitrina que la gente rodea con cuidado porque te que el movimiento del aire sea suficiente para romperla.
Mis pies conzaron a ceder, alejándo un paso.
— sigues viendo como a una niña —le dije, apretando el puño—. Nolan —intenté decir—. No soy de porcelana; no tienes que tratar como si lo fuera —esculpí, hablando desde lo más profundo de mi corazón—. No tengas miedo de romper; yo siempre estaré a tu lado.
—Ryne —dijo, entendiendo muy bien de quién era el dolor. Dio un paso, tomándo de las manos—. Yo también te amo, de verdad —confesó, pero sus acciones no lo respaldaban—. Yo también he deseado esto, contigo —chilló—. Pero no estoy seguro de si es lo que quieres.
—Es lo que realnte quiero —confirmé—. Yo siempre voy a decir que sí a cualquiera de tus deseos —abrí las manos—. Nunca lo dudes de mí.
Lágrimas conzaron a salir de mis ojos. No sé la razón; no las pedí yo, pero conzaron a resbalar. Un segundo. Dos.
Él dio el prir paso.
TunTun TunTun.
Deslizando sus manos por mi cuerpo.
TunTun TunTun TunTun.
Bajando el cuello con cuidado, mientras yo lo recibía con manos abiertas.
TunTun TunTun TunTun.
TunTun TunTun TunTun.
Y fue él quien dio mi prir beso.
Ya no en la frente ni en la jilla. Sino en los labios.
Sentí un hormigueo nacer desde mi vientre, estreciendo mi cuerpo entero en una excitación que nunca había experintado. Mi rostro quemaba, mi cuerpo ardía; deseaba más, reclamarlo más.
Él despegó sus labios de los míos, diciéndo al oído. —Fue increíble.
Mientras despegaba las manos de mi cuerpo.
Yo, con dos dedos sostuve su camisa, diciéndole a los ojos. —No soy una niña; aún no quiero parar.
User Comments
0 comments from readers