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Now reading: Chapter 48 - 46 from Ryne Moore: Yandere as a philosophy of Love, a Fantasy novel by TRH.

Con esas palabras fui a mi casa para alistar mientras pensaba en los problemas que podría ocasionar Mayo.

—No creo que incendie el restaurante — dije a mí misma, girando el picaporte de mi departanto—. Pero hay problemas que su simple mirada puede ocasionar.

Capítulo 33: Gusti Italiani II

Con un suspiro cerré la puerta, moviendo el seguro como reflejo. —Hola a todos —saludé a las fotos, con una sonrisa—. Aunque no lo creas, hoy salgo contigo —le dije a un cuadro pequeño de Nolan viendo el atardecer—. Si el lugar es bonito y la música se presta, tal vez incluso podré poner a prueba mis cinco ses de practicar vals.

despedí, dándole un beso en la frente.

Saqué de mi cajón una barra de jabón muy especial. había costado cinco veces más que el prodio de mis jabones, lo guardaba solo para montos así. —Un olor dulce, como la vainilla de un pastel. Es tan suave que siento como acaricia la nariz.

Con todo listo, quité la ropa, las vendas y bañé con agua no tan caliente. Sacrificios así solo los hago por Nolan.

—Mi pelo se siente algo duro —noté, viendo el acondicionador al lado de mi champú—. Es una cita con Nolan, no tengo que ser tacaña.

Cuando terminé, saqué mi deshilachada toalla amarilla. Cubriéndo todo el cuerpo, y otra del mismo conjunto para el pelo, pasándo con cuidado sin tallar.

miré al espejo, pasando la crema de aguacate por todo el pelo junto al peine. —Necesitamos bañarnos con agua más fría —confesé, esparciéndo una crema hidratante por todo el cuerpo—. Luego tomaré en cuenta.

Mientras enredaba las nuevas vendas miré al espejo, viendo mi cara más pálida de lo normal. —Las pestañas blancas nunca han sido algo atractivo —confesé, pasándo un ríl negro sobre ellas—. Mucho jor.

Siempre maquillo igual, un toque de rubor rosado sobre las jillas, un gloss rosado que apenas resalta mis labios y una fina línea oscura alrededor de los ojos para acentuar la mirada.

Nada llamativo.

Nada que robe atención.

Solo para que él note.

Toc Toc Toc.

Escuché la puerta llamar.

—Seguro es Mayo —susurré, poniéndo la toalla encima de la ropa interior—. ¡Voy! —grité, acariciando mi pelo.

Pero al levantar lo noté, al lado de la puerta, una de las cuarenta y tres fotos de Nolan repartidas por todo mi departanto.

Toc Toc Toc.

—RyneRyne soy yo —decía tocando la puerta—. ¡Ábre, perra, que tu traje está pesado!

—¡Voy! —grité, tiendo veinte fotos bajo el sillón—. Sigo desnuda, déja pongo algo abajo.

—Pues jor, zorrita, hasta con ganas recibes.

—Sabes que nunca haré eso —dije guardando tres cuadros atrás del guardarropa, escuchando de nuevo su toc toc toc—. Voy, da un minuto.

Despegué siete fotos de las paredes, cuatro de las puertas y cinco del techo. —Creo que son todas —susurré, tiéndolas en un cajón de ropa interior.

¡TOC TOC TOC! golpeó. —Vamos, perra, ábre al nos para darte la ropa.

Suspiré, abriendo la puerta. — estaba terminando de alistar —ntí—. No apures tanto.

Al verla, una sonrisa cubría su rostro entero. —Ya entendí por qué solo usas camisas de manga larga —susurró, yo escondiendo mis manos—. Bueno, no preguntaré por esas vendas —dijo sacando de su espalda el vestido—: Tadá —extendió un vestido blanco, con perlas que brillaban como estrellas en la cintura—. Un traje de mi costurero personal hecho a tus didas. Te dije que te iba a sorprender.

—Mayo —susurré, tomándolo apenas con dos dedos de cada mano. Sintiendo lo suave de la tela—. Es muy bonito —musité sorprendida—. Mayo... no sé qué decir. Gracias.

Ella sonrió, extendiendo una caja de zapatos nueva. —Y unos tacones, para que te mires más alta —se acercó a mí, susurrándo al oído—. Yo sé todo lo que le gusta, haz caso.

Lo miré, parpadeando un par de veces.

No odio el blanco, lo tolero en varias cosas. En especial las que este mundo amaría. —Es hermoso, Mayo, en serio —la abracé—. Muchas gracias.

Ella se paralizó por un segundo, tal vez sorprendida de mi muestra de cariño.

Apenas colocando una mano en mi espalda. —No agradezcas —confesó, con la voz más tranquila que le he conocido—. Quiero ver sus ojos cuando te mire —sonrió—. Ahora pruébatelo, enana.

—Mayo —dije, viendo como ella encendía la tele—. No creo que sea buena idea que cambie frente a ti.

—¿Qué pasa? ¿Te pongo nerviosa? —rio—. Tranquila, soy toda una dama. No tocaré nada sin tu permiso o perdón.

La miré un par de segundos, antes de ter a mi cuarto. —Perdón, pero da vergüenza —confesé asegurando la puerta—. Creo que también puedo sola.

—Está bien —dijo ella—. Sal si necesitas ayuda.

Asentí, levantándolo frente al espejo. —Sí que es hermoso —susurré, tocando cada una de las perlas con los dedos—. Vamos, Clear, has usado vestidos miles de veces —recordé—. Sé que llevamos más de tres años sin usar uno, pero lo que bien se aprende no se olvida.

Y con esos ánimos empecé a vestir, recordando lo difícil que era abrochar sola la espalda. Era un vestido bastante elegante, entré en él muy fácil.

—¿Ya te cambiaste? —preguntó Mayo, como si en un minuto pudiera estar lista—. ¿Puedo pasar a ayudarte?

—Sí —dije abriendo la puerta—. Solo tengo algunos problemas con el vestido.

Ella entró, viéndo de arriba abajo. —Ya veo —conzó, bajando el vestido de mis hombros—. Está hecho para resaltar tus puntos fuertes y disimular los que no.

—Dijiste que está hecho a mi talla —dije, viendo el pecho suelto.

—Claro, solo que hay detalles que tenemos que arreglar —de su bolso sacó papel—. Como no tienes prácticante nada de pecho, hay que rellenarlo con papel — lo extendió—. Empuja lo que tienes para arriba y eso ponlo abajo.

Lo hice, viéndo por prira vez como una aceptable copa B.

—¿Notas la diferencia? —dijo apretando el corsé del vestido mientras sentía que mi estómago se apretaba—. El vestido está hecho a dida de tu jor versión —pasó su mano izquierda por mis hombros—. Está hecho para resaltar tus puntos fuertes —pasó la mano por las perlas de la cintura—. Y disimula los que no.

—Y sobre mis vendas —dije, acariciándolas mientras mis ojos temblaban en el espejo—. No creo que a nadie les gusten.

—No lo sé —dijo, sacando los tacones de la caja—. Pero eso no lo sabremos hasta después —golpeó la cama con palmaditas—. Solo podemos arreglar lo que tenemos en este monto, no más ni nos — amarró los tacones—. Bueno, da un monto a que yo cambie. Tú agrega todo lo que quieras.

miré por un monto en el espejo. Veía mis pies, alzados por los tacones, mis piernas, una expuesta dando una armonía y mayor movilidad, como los vestidos de catálogos de modelos.

Pasé la mano por mi cintura. cuesta un poco respirar por el corsé, pero la forma que le creaba era algo imposible para mí, resaltada con perlas.

Alcé la vista hasta mi torso. —En serio, ¿a Nolan le gustará ver así? —pensé, viendo el relleno. Pasé la mano por mi clavícula—. Sus ojos lo dirán.

vi el rostro por última vez, sacando del cajón mi diadema rosa, junto a su pañuelo morado. Ya vi que a Nolan le gustó. —Así que ya es parte de mí —aseguré, amarrándolo en una pequeña colita.

—Estoy lista —anuncié, saliendo de mi cuarto, viendo la luz del baño encendida—. ¿Y tú?

—Ya casi —dijo, yo escuchando como ella sola apretaba su corsé. Giré el picaporte, apenas viéndole el rostro y un poco del naranja de su traje—. ¡No veas, aún no estoy lista!

—¿No necesitas ayuda? —dije, sin abrir más.

—No, ya casi acabo.

—¿¡Te cambiaste en dos minutos!?

Asintió, sacando una rosa naranja de una bolsa. —Sí, y no entiendo cómo tú tardaste quince —dijo, pasándose el ríl por las pestañas—. Adelántate, que falta maquillar.

Salí, viendo el auto de Nolan estacionado frente al hotel. Y en ese instante, el tiempo y el mundo se congelaron mientras bajaba esas escaleras en cámara lenta.

Era de las pocas veces que lo veía de traje. Vestía todo de negro, con una camiseta blanca que le faltaba abrocharse dos botones bajo el saco. Tenía una rosa blanca amarrada en la muñeca, como si le anunciara al mundo a quién le pertenece.

Sus ojos brillaban bajo la luz de la luna, mientras extendía su mano izquierda en mi dirección. —Te ves hermosa —dijo mientras la tomaba. Y de su espalda sacó un tulipán morado, colocándolo en mi pelo—. Mi hermosa princesa blanca.

Coloqué mi mano sobre su pecho, sintiendo el latir de su corazón en mi palma. Una, dos, tres veces. —El mago se volvió rey —anuncié, mientras su mano tomaba la mía.

—Te compré algo especial —dijo, sacando del auto mangas blancas—. Pensé que algo así pasaría.

Las saqué del paquete nuevo, sintiendo su cuidado una vez más. vestí con ellas como si ahora fueran parte de mí. —Gracias —sonreí.

—Muy buen regalo, Nolan —dijo Mayo, bajando las escaleras. Y en ese instante, cuando perdí los ojos de Nolan, el mundo se volvió a acelerar.

—Wow —susurró, mientras mi mundo se rompía y sus ojos olvidaban.

No quise voltearla a ver, el wow de Nolan ya había dicho lo que esperaba. Y no lo quería aceptar, si lo hacía sería como confirmar la realidad.

La noche apenas conzaba.

—Vamos —dije con los ojos cerrados.

Y ya había perdido.

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